“La Iglesia sin música, es como un cuerpo sin alma" (San Juan Bosco)
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Sobre un concierto de Martín Valverde en El Salvador.
Fui al concierto movido más por la curiosidad que por el entusiasmo. Quería descubrir de cerca el por qué los jóvenes se sentían tan arrobados por la sola idea de asistir. Una cierta desazón me incomodaba: qué papel iba a jugar yo, un “adulto mayor” como piadosamente nos llaman, en medio de un público juvenil. Respiré aliviado cuando descubrí a algunos coetáneos míos en aquella masa juvenil.
Llegué una hora antes de que iniciara el espectáculo. “Mis muchachos”, que me habían precedido dos horas antes, me tenían reservado un puesto entre ellos. Lo habían tenido que defender con las uñas ante las pretensiones de la fila ininterrumpida de jóvenes que, al pasar, lo codiciaban.
La espera de una hora muy larga comenzó a impacientarme. El calor se volvía pegajoso. Una rápida mirada a paredes y techo me dejó la impresión de que no podíamos contar con una discreta ventilación en el inmenso recinto. Hice un cálculo desconsolador: seis mil pares de pulmones jóvenes respirando aquel aire denso durante tres horas... Me horrorizó la fácil conclusión. Estuve a punto de abandonar el recinto y regresar a la paz de la casa salesiana. ¿Qué hacía yo allí, con la ropa impregnada de sudor, el mío y el de mis vecinos, respirando con dificultad?
El concierto comenzó por fin. Dos sombrías filas compactas de diez negras bocinas intimidantes descargaron de repente una andanada de sonidos estrepitosos a un volumen ensordecedor. Me resultaba casi imposible distinguir bajo y teclado, guitarra y batería. Desde el pecho hasta el estómago sentía vibrar mis músculos como la piel de un timbal. Mis oídos no estaban preparados para ese asalto musical. La voz poderosa de Martín Valverde lanzó un rugido a modo de saludo y los seis mil jóvenes enloquecieron por un momento.
Me desconcerté. Aquello era un encuentro de viejos amigos. Los muchachos cantaban con Martín desgañitándose a más no poder. Una selva de brazos en alto era agitada cadenciosamente por un viento musical.
De repente me percaté de que yo era el único extraño en aquella fiesta energética. Ni conocía las canciones ni al cantautor ni tenía idea del tipo de espectáculo en que me había metido. Yo había imaginado un show musical muy compuesto donde el cantante sería aplaudido cortésmente por un público que escuchaba con atención reverente. Como en un concierto de música clásica.
Martín manejaba una vitalidad desaforada. Cantaba con energía hasta encumbrarse a todo pulmón en alturas musicales imposibles. Sorprendía a su adorable auditorio con chispazos fulgurantes de humor o frases geniales que hacían la delicia de los presentes. Los espoleaba a vivir. Sí, a vivir con intensidad, a que no permitieran que se les marchitara la vida. Y los jóvenes sintonizaban embelesados.
Canciones y más canciones. Unas lentas, meditativas. Otras como una oración gritada a Dios desde sentimientos muy hondos. Alguna tan vivaracha que los jóvenes no resistían la tentación de bailarla, a pesar de la incomodidad de las filas de sillas fijas. Todas cantadas, absorbidas, meditadas por la masa juvenil que se dejaba arrastrar por esas melodías cargadas de sentimiento religioso.
En mi papel de observador distante del fenómeno, echaba miradas furtivas a los jóvenes que me rodeaban. Percibí rostros absortos, transfigurados, lágrimas que delataban sentimientos sanados, una devoción palpable. ¿Cómo hace ese hombre para llegar directo al corazón de los jóvenes? Porque destapa sin contemplaciones las heridas juveniles, los miedos y fracasos. Pero para darles aire y dignidad y energía. Y todo en nombre de Jesús nuestro Señor.
El largo espectáculo – casi tres horas – fue derivando hacia un clima de oración densa. No podía creer cómo aquella multitud desbordante de energía pasara de golpe del entusiasmo bullicioso al silencio más profundo, de la danza alborotada a la oración delicada. Entendí que no era justo que persistiera en mi actitud de observador neutro. Y me dejé sumergir en la oración cadenciosa.
El concierto acabó. Salimos aligerados del recinto de cemento, con una enorme paz en el corazón. “Es como un retiro espiritual”, oí decir a un joven que pasaba a mi lado.
Padre Ricardo Chinchilla , Salesiano.













