La historia detrás de la canción: "Nadie te ama como yo", de Martín Valverde
Nadie te ama como yo fue compuesta el 9 de Febrero
de 1990, en la hermosa Ciudad de Chihuahua (capital del estado del
mismo nombre).
Para esa época esa Diócesis era de las vanguardistas
del país en áreas tanto política, como
religiosa, y como debía de ser, la música era parte
de su historia de evangelización.
La fecha la tengo clara, pues en esa tarde sabiendo que
tenía un concierto vital, hice mi momento de oración
con Dios, y Él, me regaló un pasaje de refuerzo para
esa noche (y de paso el resto de mi vida), y como tengo por
costumbre subrayar y colocar notas sobre pasajes que Dios me da en
mi Biblia, esta no fue la excepción (una Biblia sin arrugas
y rayones es sinónimo un alma sin planchar).
El pasaje que se me dio esa tarde dice:
Porque yo, el Señor, soy tu Dios, el que te
sostengo de la mano derecha y te digo: "No temas, Yo vengo en tu
ayuda". Tú eres un gusano, Jacob, eres una lombriz, Israel,
pero no temas, yo vengo en tu ayuda –oráculo del
Señor– y tu redentor es el Santo de Israel. Yo te
convertiré en una trilladora, afilada, nueva, de doble filo:
trillarás las montañas y las pulverizarás, y
dejarás las colinas como rastrojo. Las aventarás y el
viento se las llevará, y las dispersará la tormenta;
y tú te alegrarás en el Señor, te
gloriarás en el Santo de Israel.
Isaías 41, 13-16
El concierto era en la noche (aunque tenemos versiones de que se
trató de dos conciertos el mismo día, de desayuno y
cena, cosa que se acostumbra cuando vamos por allá por
cierto, yo recuerdo solo el de la noche, y ya verán por
qué) en un salón de eventos llamado
“Salón Sunion, del Hotel El Mirador”,la meta era
lograr fondos para la construcción de un edificio para un
movimiento importante de la Comunidad Católica de Chihuahua,
y de paso hacerlo con un evento que evangelizara.
Todo estaba en su sitio, esa noche éramos sólo mi
guitarra, un servidor y el Espíritu Santo (y éste
último no debía faltar).
Llegó el momento, era una especie de cena-concierto, o sea,
la gente primero cenaba, y pasado eso en un segundo tiempo, me
subía yo a cantar y a hacer mi parte.
El chihuahuense es una persona maravillosa, y por lo general por
ser gente del norte, son muy emprendedores y muy claridosos en sus
cosas y comentarios, eso me facilitaba la predica pues había
que ir al grano y dejar el resto a Dios.
Acabadas las dos terceras partes del concierto todo iba bien, para
iniciar la parte final empecé cantando una canción
especial llamada “Debes primero perdonar” de un paisano
llamado Manuel Gutiérrez, y que junto con una buena predica
se convierte en un tema de doble filo como lo es el
perdón.
Mi memoria de ese momento es visual, no recuerdo si en el momento
de la canción de Perdón o un poco más
adelante, entre la penumbra del público, que estaba
repartida entre mesas y sillas alrededor, a mi izquierda en una de
las mesas, se levantaron de partes extremas de la misma un
muchacho, poco más que adolescente, y del otro lado un
hombre grande, muy grande, con toda la pinta de buen vaquero
norteño. Se acercaron rodeando la mesa y se dieron un abrazo
que indicaba algo más que un simple “te quiero mucho,
y no me choques el auto”. Esto era mucho más que algo
afectivo, era justo un perdón entre dos generaciones, entre
dos que se amaban y se habían negado a hacerlo un tiempo. En
fin, un abrazo de amor entre padre e hijo, y ahí fue en
donde me llevé el golpe.
En un 95% de los conciertos no veo ni me interesa ver al
público, (las apariencias siguen engañando) pero en
este caso no sólo se me permitió, sino que
además caí en una trampa de amor que Dios me
había tendido.
Un abrazo entre padre e hijo siempre será un cuadro que
remueva el corazón de cualquiera y más aún
para los que en nuestra historia tuvimos esa carencia como parte de
nuestra vida; lo vemos, lo admiramos, pero no lo sabemos por la
experiencia, llegamos a imaginarlo dejando en manos de Dios (los
que creemos) que la herida sane a su tiempo.
Fue una mezcla de sensaciones muy extrañas, en las que mi
niño interior se quebró ante el cuadro de amor que se
daba delante de mí, ¡en pleno concierto!
Se podría decir que quedé como Jacob el Patriarca
después de pelear con Dios, con la cadera quebrada,
lesionado para lo que me quedaba del concierto. Tenía una
sería grieta en mi armadura de hijo de Dios y se notaba en
mi canto, sin embargo necesitaba seguir con mi trabajo, seguir
cantando y no someter a todos ahí a mi propia bronca
interior.
De todas formas Dios, quien había permitido que eso pasara,
ahora se acercaba a una de mis mayores heridas, a envolverme con su
amor y darme como dice el pasaje: “Gracia y ayuda
oportuna”. (Hebreos10)
Para mi descanso llegó el inicio del final del concierto, en
aquel tiempo yo utilizaba dos canciones para llegar al final, una
de ellas el Padre Nuestro y la otra una maravillosa pieza que se
llama “Yo volveré”.
El pedirle al público que por favor se quede en silencio de
oración, hablando con Dios, cada uno en forma sincera, con
el único requisito del silencio ha sido un formato que me ha
acompañado desde mis primeros días de conciertos de
evangelización y que es casi invariable.
Fue en ese silencio en donde comenzó la gran batalla de
amor, que agradezco haber perdido.
Mientras la gente estaba en ello, (orar en silencio) yo
empecé a vivir, percibir y sentir algo sobrecogedor dentro y
alrededor de mí. Podría decir que algo me ahogaba, y
por ponerle forma: me apretaba el corazón y el cuello
inclusive; en el silencio de mi corazón aquella imagen del
padre abrazando a su hijo, sangraba, y Dios se me acercaba ahora no
sólo a sanar eso, sino a ocupar en mi el lugar de Padre
(nótese la P mayúscula). (Dios no es un padre, Dios
es El Padre).
Decía San Agustín que el jubileo de Dios en nuestro
ser se expresa como un “balbuceo” de niño. Y sin
dudarlo mucho, en esas estaba yo, balbuceando aquel momento, en mi
voz y en mi guitarra (decía cosas casi incoherentes y en la
música no era más que el balbuceo del círculo
de do para principiantes). Me acordé y no en vano que el
pasaje decía que Dios me sostendría de la mano
derecha, y ahora en términos musicales eso me urgía
para seguir rasgando la guitarra.
Hoy, cuando cuento esto, digo que Dios me gritaba: “Diles
cuánto los amo”, “¡diles cuánto les
amo!” (de hecho lo plasmo en un “dile a mi pueblo
cuánto lo amo”), aunque ahora que lo escribo, veo que
era simplemente Dios derrotándome con su amor,
acercándose y con su voz y su Espíritu dándome
el abrazo que había visto delante de mí, y que sanaba
en mí y entre Él y yo muchas cosas).
Mi decisión en ese momento fue simplemente dejarme llevar,
contra esto no tenía caso luchar, decidí no estorbar
más y dejar a Dios con sus manos libres para actuar, no
importaba el ridículo que hacía y que en eso fuera mi
prestigio.
No sé cuanto tiempo pasó, tampoco fue mucho, pero
como haya sido fue verdaderamente intenso entre el Espíritu
Santo y los que estábamos ahí. Les puedo asegurar que
de todas formas algo estaba cantando, pero no sé qué
era, en medio de todo el balbuceo la frase reinante era: Nadie te
ama como Yo. Y así fui llegando al final, o tal vez al
principio de todo.
Cuando finalmente decidí abrir mis ojos (sí,
así es, en todo ese lapso no los tenía abiertos, no
quería ni ver lo que pasaba a mi alrededor) pude observar
como una bomba de amor había caído sobre todos.
Así como en una explosión humana se pueden medir los
daños a simple vista, así mismo se podía ver
como Dios como un Tsunami de amor había caído sobre
todos los que estábamos ahí.
La primera imagen que llegó a mi óptica además
de impresionante, era inédita, pues en frente de mi tarima
en donde yo estaba tocando, estaban de rodillas, orando, y alabando
a Dios y de paso llorando, un grupo como de cuatro a cinco de los
meseros de esa noche. De fácil identificación, por su
uniforme y porque los habíamos visto moverse entre todas las
mesas sirviendo alimentos y bebidas. (Lo bueno es que se trataba de
algo espiritual, que si no el primer pensamiento razonable al
verlos así era que la propina debió haber estado para
llorar).
Habiendo llegado hasta acá y siendo un tipo al que no le
gusta que las emociones sobrepasen a las razones, empecé el
final del concierto y a retomar control de las tablas para darle un
buen final a todo esto, aunque, gracias a Dios, “el bien
estaba hecho”.
Todo el tiempo a mi derecha estuvo con su “cámara
portátil” (es un decir, pues era un armatoste
grandísimo en donde inclusive metías el vídeo
casette de VHS) filmando la actividad, un gran amigo del alma y de
paso uno de mis anfitriones en Chihuahua. Mi compañero Jorge
Vergara.
Como de hecho me hospedaba en su casa, al llegar a su hogar le
pedí (creo que le supliqué, dadas las ansias), que
pusiera el vídeo en la máquina y que pusiera el final
del concierto. Al mismo tiempo, ya entrados en gastos, le
pedí me consiguiera un lapicero y alguna hoja en la cual
escribir. Lo hizo con la amabilidad que le caracteriza, pero con
cierta sorpresa de hecho ante mi requerimiento.
Por fin viendo el vídeo en su televisor, fui apretando las
teclas de “play” y de pausa y anotando en bruto el
material que salía frente a mis ojos. A lo que Jorge me
preguntó de inmediato que ¿¡qué estaba
haciendo!? Y simplemente le respondí: -Lo que ves, estoy
transcribiendo lo que nos regalaron esta noche a todos-.
Había que hacerle unas pequeñas adecuaciones, pero
ahí estaba frente a mis ojos y mis oídos, era algo
más que un canto. No era una canción de amor, era el
Amor que se había hecho canción, y el nombre brotaba
a cántaros de la melodía y la letra, se llamaba
NADIE TE AMA COMO YO.
Cuando grabé el “casette” de “En esos
momentos”, aún no nacía Nadie te ama como Yo, y
no sería hasta mediados del 90 que haciendo la
producción de “Los Viejos Amigos” la
incluiríamos en el repertorio de la producción, con
un muy tierno arreglo de Fernando Quintana.
Después empezó a caminar sola, Dios la llevaba a
donde Él quería como el viento que sopla, y se fue
haciendo parte del corazón de muchos.
Brasil la adoptó en su totalidad, siendo una de las
canciones más interpretadas en la Iglesia de ese
país. Se canta en varias lenguas, y el Espíritu se ha
encargado de llevarla a donde y con quien a Él le parezca.
Un sacerdote de Filipinas me contó que durante su
Ordenación se cantó en su versión en
inglés. Y es parte de la historia de amor de muchas almas y
Dios.
El 21 de mayo del 2000 durante la Celebración de la Misa
solemne de la Canonizaciónla Plaza de San Pedro, Misa que
presidiera Juan Pablo II, por esas cosas de Dios y, como yo lo
aseguro, uno de los grandes milagros de intercesión de los
santos mártires se dio y fue que yo cantara ahí.
En el momento del ofertorio, que era muy extenso y después
de pasar mil exámenes y filtros, se nos permitió
cantarla. En ese momento tres cosas eran ciertas, una… poder
cantarla con Juan Pablo II presente ya hacía que fuera
histórico, yo me negaba a abrir los ojos para no sucumbir en
la emoción y cuando los abrí pude ver a nuestro
fuerte y enfermo Papa de ese momento rodeando el altar, justo
cuando yo cantaba… “yo a tu lado he caminado, junto a
tí yo siempre he ido…”. Segundo, cuando llegamos
al momento del primer coro, las 40.000 almas que estaban ahí
se lanzaron a cantarlo conmigo. Un gigantesco Nadie te ama como Yo
había nacido y, como me dijera un sacerdote en Guadalajara
(el Padre Maurilio), en ese momento nos apoderamos con nuestra
cultura y nuestra lengua de la Plaza de San Pedro. Finalmente el
ver a mi esposa justo en frente de mí feliz, llorando y
riendo a la vez era todo lo que me completaba; ella es parte de la
melodía de esta canción en mi vida pues con ella he
podido desarrollar mi apostolado y con ella Dios me ha probado
también cuánto me ama. Para los dos fue un momento
que no podremos olvidar jamás.
Mi colega español, Javier Chento me dijo muy atrevidamente
que esa canción es la sucesora en la boca del pueblo de la
gran Pescador de Hombres.
La canto prácticamente todos los días y mi reto no es
sentirla, no hay alma con la capacidad para ello “todos los
días”. Mi reto es creerla siempre y lograr con la
ayuda del Espíritu Santo que no se quede solo en una
canción de amor que se diga con los labios y que no llegue
al corazón, me doy a la tarea de dejar que Dios la eleve
más allá de una tonada de amor a una Profecía
llena de amor capaz de cambiar al que la oiga.
Al inicio del capítulo 5 de la Segunda Carta a los
Corintios, Pablo dice algo que tiene que ver con la labor
apostólica de esta canción: “Como colaboradores
de Dios les pedimos que no desaprovechen el amor que Dios les ha
mostrado”. Y ahí estamos, cantándolo hasta por
los codos, gritándolo constantemente a todos:
¡Déjense amar!, ¡déjense amar! Como
diría Francisco de Asís, ¡el Amor no es
amado!
Yo la compuse se podría decir, pero hace mucho que
pasó a ser de todos nosotros.